El artista como guía de la humanidad

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El arte hace conocer al hombre su propia razón de ser. Le descubre el sentido de la vida, le ilustra sobre su destino y le orienta para que se encuentre a si mismo a través de su existencia. Cuando Tiziano pintaba una maravillosa sociedad aristocrática en la que cada individuo de ella revelaba en sus rasgos, su gesto y su vestido el orgullo de una aguda inteligencia, la autoridad y la riqueza, no hacía sino mostrar a los patricios de Venecia la muestra del ideal que ellos desearían realizar. Artistas y pensadores se asemejan a una lira de tonalidades infinitamente delicadas y ricas en sonoridad. Y las vibraciones que el espíritu de cada época la arranca siguen sonando después para los otros mortales.

Indudablemente, son muy raros los hombres que pueden gozar, en su más puro sentido, de las obras de arte notables; también es limitado el número de los visitantes que contemplan tales obras en los museos o incluso en las plazas públicas. Pero los sentimientos contenidos en esas obras acaban finalmente por penetrar en la masa. Aparte de los genios, otros artistas de escasas facultades se apoyan en las creaciones de los maestros y las hacen, a su manera, comprensibles para la generalidad de las gentes. Los escritores son influenciados por los pintores al igual que estos lo son por los literatos; entre todas las cabezas de una generación existe un continuo intercambio de ideas. Los periodistas, los dibujantes, los novelistas populares hacen comprensibles a la masa las verdades descubiertas por las grandes mentalidades. Es como un riego, como un manantial de energías intelectuales que formando múltiples cascadas se precipitará hasta constituir los grandes ríos de continuo movimiento y que representan el estado espiritual de una época.

No debe decirse, como generalmente ocurre, que los artistas solo reflejan los sentimientos del ambiente en que viven. Ya no sería ello poco, puesto que siempre es oportuno mantener ante los hombres un espejo con cuya ayuda puedan conocerse a si mismos. Pero los artistas hacen más: realizan creaciones ahondando en el rico tesoro de las tradiciones haciéndole con ello aun mayor. Los artistas son, en realidad, descubridores y guías.

Para convencerse de esto obsérvese que casi todos los grandes maestros se anticiparon a la época en que su inspiración se puso de manifiesto.

Yo no digo que los artistas hayan determinado las grandes corrientes en que su espíritu se aprecia. Solo digo que ellos han cooperado inconscientemente a su formación; que pertenecen a la élite espiritual creadora de esas tendencias. Todo ello teniendo como bien entendido que esa élite no está constituida solamente por artistas, sino también por escritores, filósofos, novelistas y publicistas.

Quiero mencionar una prueba de que todos los grandes maestros han aportado a sus generaciones nuevas tendencias y orientaciones; a menudo les ha sido muy difícil abrir camino a esas nuevas acepciones y frecuentemente toda su vida no fue otra cosa que una lucha contra la mediocridad. Y cuanto mayor era su genio, tanto más grande fue el peligro que corrieran de quedar ignorados largo tiempo.

A los hombres no se les hace bien en vano. Lo menos que esos grandes maestros han merecido por la tenacidad con que quisieron enriquecer el espíritu humano, es la inmortalidad de su nombre.

¿Habéis notado que en la sociedad moderna, los artistas (quiero decir, los artistas de verdad) son los únicos hombres que ejercitan con agrado su profesión?

Casi todas las personas parecen considerar hoy el trabajo como una necesidad odiosa, como una carga abominable, cuando en realidad debiera ser para nosotros una felicidad y nuestra propia razón de ser.

Esta admirable transformación sólo podría llegar a efectuarse si todos los hombres siguieran el ejemplo de los artistas o, mejor todavía, si todos se convirtieran a si mismos en artistas. Pues esta palabra, tomada en su más amplio sentido, significa para mi todos aquellos que en el hacer experimentan una alegría. Sería, pues, de desear que hubiese artistas en cada oficio: carpinteros que se sintieran felices haciendo artísticamente incluso sus más simples trabajos; albañiles que preparasen con cariño sus morteros; carreteros que se sintiesen orgullosos de tratar bien a los caballos y al carruaje y de guardar toda la consideración posible a los transeúntes. ¿No es verdad que esto sería una magnífica sociedad?

Los verdaderos artistas son los más religiosos entre los mortales. Se cree que nosotros solo vivimos con los sentidos y que nos basta el mundo de la ilusión. Se nos toma por niños que se extasían con las variaciones de los colores y que juguetean con las figuras como si fuesen muñecos… Pero se nos comprende mal. Las líneas y las diferencias de matiz en los colores son para nosotros tan solo señales características de realidades ocultas. Más allá de la superficie externa penetran nuestras miradas hasta llegar a la esencia espiritual de las cosas y cuando entonces reproducimos contornos los enriquecemos con el contenido espiritual que mantienen oculto. Todo aquel que quiera ostentar con derecho el nombre de artista, tiene que expresar toda la verdad de la Naturaleza, no solo la externa sino, sobre todo, la interna.

Cuando un buen escultor modela figuras humanas no representa en ellas tan solo la musculatura sino también la vida que le da calor… si, «un más que la vida misma…: la energía que la formó y le dio gracia o fortaleza, atractivos o fuego indomable. Miguel Ángel hace que en todas sus figuras desnudas retumbe como el rumor de un trueno lejano la potencia creadora del Ser Supremo. Luca della Robbia las hace sonreír con divina alegría. Y así, cada escultor, ajustándose a su propio temperamento, da a la Naturaleza un alma impetuosa y arrebatada o apacible y serena.

El paisajista quizá va más allá. No es solo en los seres animados donde reconoce el reflejo del alma del mundo, sino también en los árboles, los arbustos, las llanuras y las colinas. Lo que para los demás hombres son campos y bosques, aparece ante los ojos del gran paisajista como la faz de un ser inconmensurable. Para Corot, las copas de los árboles, el verdor de los prados y la superficie de los lagos encierran un caudal inmenso de apacibilidad y de bondad. Y Millet veía en todo eso tan sólo dolor y renunciamiento.

Por todas partes escucha el gran artista cómo el espíritu de las cosas responde a su propio espíritu. Así profundizan todos los maestros hasta llegar ante las puertas que conducen a lo insondable. Muchos se golpean lastimosamente la frente contra ellas; otros, cuya fantasía es más alegre, creen oír más allá de los muros, los melodiosos cantos de los policromos pajarillos que pueblan aquel jardín cerrado.

El misterio es como una atmósfera en que se bañan las más bellas obras de arte. Ellas expresan realmente todo cuanto el genio siente en presencia de la Naturaleza; representan todo cuanto en claridad y riqueza ha logrado descubrir en la Naturaleza la fuerza espiritual del hombre. Sin embargo, también esas obras maestras chocan, necesariamente, contra lo insondable que a manera de un velo gigantesco cubre y envuelve por todas partes la limitada esfera de lo ya conocido. En último término sólo sentimos y comprendemos la parte externa de las cosas, cómo se muestran ante nosotros y la manera en que pueden impresionar nuestros sentidos y nuestro espíritu; todo lo demás se pierde en una oscuridad infinita. Incluso en nuestra más inmediata proximidad se hallan ocultas mil cosas que no podemos percibir y conocer por carecer de las condiciones requeridas para lograrlo.

Las obras de arte que deben ser consideradas como el testimonio más noble y elevado del espíritu y pureza humanos, dicen precisamente todo lo que sobre los hombres y el mundo puede decirse; pero además dan a entender que existe todavía algo que no puede comprenderse.

Toda obra maestra tiene ese carácter misterioso. Siempre se encuentra en ella algo que marea. ¡Pensad tan solo en los signos de interrogación que flotan sobre todos los cuadros de Leonardo! — Pero no quiero elegir como ejemplo a este gran místico con el cual pudiera demostrarse muy fácilmente la certeza de mi afirmación. Tomemos, más bien, la magnífica «Fiesta rústica», de Giorgione. En este cuadro todo respira optimismo y serena alegría y, sin embargo, se aprecia igualmente una melancolía mezclada con un ligero aturdimiento: ¿Qué es, pues, la alegría humana? —¿De dónde viene?— ¿Adonde va? Su naturaleza es y continúa siendo un enigma.

El artista sólo puede forjar en su fantasía aquello que esté rebosante del mismo sentimiento que a él mismo llena. En la Naturaleza todo artista presume la existencia de una grandeza semejante a la que alberga en su propio corazón. No existe ningún organismo viviente, ningún objeto inerte, ninguna nube en el cielo o brizna de hierba en los prados, nada, que no le revele una gigantesca fuerza secreta oculta en todas las cosas.

Echad una mirada sobre las obras maestras del arte; su belleza brota del pensamiento, de la voluntad que su creador ha creído adivinar en el universo.

En todos los casos el artista da forma a sus propios sueños cuando representa al universo según la concepción personal que de él tenga. Con el reflejo de la Naturaleza, el artista enaltece su propia alma. Y así enriquece el alma de la humanidad, pues al dar su espíritu colorido al mundo material descubre ante sus extasiados contemporáneos mil matices afectivos. Les hace descubrir en si mismos riquezas que hasta entonces les eran desconocidas, les proporciona nuevos motivos para amar la vida, nuevas luces interiores que pueden conducirles con seguridad.

El artista es, como Dante llamó a Virgilio, su «guía, dueño y señor.»

Auguste Rodin

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