Un día, sin otro que le pueda secundar

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Era tarde, demasiado tarde para ver más allá de la luz de la mañana.

Lo sabía, pero ya no me importaba más que la certeza de que durando lo que durase mi nimia existencia, había vivido como debían hacerlo los que estamos vivos.

Con tristeza, pudieron resonar en mi mente, ecos de seres amados a los que echaría en falta, pero eso eran tiempos, personas y espacios que mi mente no reconocería tras el paso a la nueva existencia.

Aun así, luchaba por retenerles en el pensamiento, como si ello me valiese de escudo ante un peligro que desconocía. Pero ni en la muerte el miedo me atenazaría, el valor del que siempre quise hacer gala lo llevaba impreso en el espíritu…

Por eso estaba ahí, por eso se me iba escapando la vida, por esa herida que a traición se le infringió a la madre tierra.

Pero al menos estaba salvo del peor de los castigos. De la peor de las muertes, la del espíritu. 

Ya todas esas cosas valiosas habían dejado de existir para los hombres.

El alma era un algo en lo que algunos creían, una excusa de algunos para someter, o un miedo a tener y perder. No sabían ni querían creer más allá de lo que ella significaba. 

Antaño el ser humano creía que la tierra era plana. Que hallen del horizonte, existía un enorme precipicio que les lanzaba al vacío, siendo condenados a una caída eterna.

¿Acaso no sufrían esa caída eterna? Y eso que la tierra no es plana, pero el alma si puede estar condenada a ser plana. Tan lineal, horizontal, circular y de la forma que se le quiera dar. Como el vacío al que tanto temen algunos.

Cada uno posee un vacío, con nombre propio la mayoría le acabamos llamando con nombre ajeno. Cuando nos queremos dar cuenta, es el nuestro. 

A través de otras sonrisas, palabras sinceras e insinceras, llantos, silencios, dolor y gozos, tropiezos y aciertos, andar y caer, pararse o correr, los gritos… en todo hube sido y me he nutrido, al menos las tuve, y sinceras. A otros les rodeó la plasticidad, lo artificial, lo informe y deforme, así germinó en ellos esa nada, esa planicie, ese desierto del que nunca se puede uno escapar.

Una vez perdidos ciertos valores jamás puedes dar marcha atrás, jamás te son devueltos. Son los honores de nacimiento, esa pureza que desconocemos hasta que la perdemos.

Todo lo que se desconoce no existe ¡qué gran mentira y estupidez! El hombre fue el 1º en creerla y el 1º en perder. Así nos fue.

Todo debía ser probado, comprobado y cerciorado, la ciencia por conciencia, y el ideal todo lo rentable.

El hombre murió sin dejar sombra de lo que por ellos fue honrado, si es que hubo honra en lo que en abundancia fue legado. Valores fueron los del hombre primero, luego fue incrustándose la deformación hasta hacerse cáncer, la misma existencia de la civilización, en la tierra. Su hueso roído daba sustento a la obra informe del ser nuevo, esos huesos que olían al más fétido de los alientos. Algunos les sacan brillo, tal que si fueran las más preciadas joyas; y sí que lo son, nada más que esa podredumbre poseían de valor. 

Tal vez no me apenaba mucho más allá de eso ¡y tanto que es! Es la sensación de impotencia que me dejaba el no haber caído tras haberlo salvado o visto o dejado esperanza de hacerlo. 

El mundo… ¿acaso no fue antes? Ahí seguirá, y tras siglos y siglos ni rastro de nosotros quedará. Nos sentimos pequeños dioses muy importantes y seguros de nuestro dominio,   y de que el mundo tras nosotros dejaría de ser o sería imposible que continuase siendo.

Ahí caído con laxitud, en el suelo, en la tierra, entre mullida y amoldante, abrazando el contorno de mi cuerpo, tan solo alcanzo a ver el desierto. Ni un solo árbol, ni un solo arbusto, los insectos me merodean ¿quién es el ser superior ahora?

Tan solo alcanzo a esbozar la que será seguramente la última de mis sonrisas.

Paradójico el ser consciente de que el mundo queda bajo el dominio de los únicos supervinientes de la barbarie del ser humano, los reptantes, los insectos, los que creíamos tan insignificantes ¡quedaron como los reyes! Y yo parte de uno de sus menús… 

Ahí queda el dios endiosado por sí mismo, ese ser carente de todo y repleto de nadas.

Las olas arrastran los restos de lo que queda de la civilización, junto a esos restos el que fue mi cuerpo ¿y qué más da? Si los que en mi despertaron sonrisas estaban o en lo profundo o flotando en el agua de este mar que sació su venganza tras las salvajadas humanas…

Por encima de él, nada quedó.

Al menos formé parte del plancton marino y no fui a parar a ser parte de los insectos de la tierra.

La vida volvería, puede que ya hubiera empezado. Pero todo lo que fue hermoso desapareció.

Las rocas fueron rumiadas por las olas que cada vez se hicieron más majestuosas.

Los dioses volvieron a recobrar el reino primigenio.

Y un día, uno de sus bendecidos bajó, y su historia se renombró.

Volveremos sin memoria, esperemos no caer en el mismo gran error.

Restos encontraron, ruinas, signos, runas, y historias de dioses que volverán a ser negados. Tal vez nos volvamos a alejar de la mano de la vida, y abracemos el alquitrán que asfixia la madre tierra, pero algunos, esperemos que algunos, recuerden donde se halla la raíz, y donde la quema del árbol, dónde el don de la vida y dónde el camino antojadizamente dorado del Hades. 

A ti retorno, de ti vine, a ti te esperé y soñé, y voy con la cabeza alta, pues jamás a mis raíces envenené.

A. Montosa

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