50 años del Mayo del 68. Entrevistamos a Ferran Gallego

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50 años del Mayo del 68

Entrevistamos a Ferran Gallego

Los jóvenes del 68 son vistos como herejes, pero se levantaron en nombre de una ortodoxia vulnerada por lo que ellos consideraban la capitulación de los partidos y los sindicatos obreros”

No creo que lo que representa Podemos o los Comunes tenga mucho que ver con el 68”

Cuando Nixon visitó China en 1972, dicen que le preguntó a Mao —en otras versiones es Kissinger o Nixon a Chu-en-lai— qué opinaba sobre la Revolución Francesa, y Mao respondió que era demasiado temprano para poder formular una opinión. Desde entonces los sinologos han atribuido a Mao una visión estratégica que abarca siglos, mientras que los diplomáticos norteamericanos, al menos los presentes en aquella reunión, lo único que recuerdan es que Nixon y Mao no se pusieron de acuerdo sobre el significado de Mayo del 68, la que era entonces la más reciente de las revueltas parisinas contra el poder. Han pasado ya 50 años… dos generaciones… ¿Es posible por fin opinar?

Creo que la conversación sobre esa perspectiva histórica necesaria entre Chu-en-lai y Nixon se refirió también a asuntos para los que la respuesta del líder chino era más sorprendente: la revolución rusa, por ejemplo… e incluso ¡la revolución francesa! Algo de “boutade” habría en la respuesta de aquel personaje, que quizás deseaba marcar una distancia cultural con Occidente (no hay nada tan característico de una cultura como su idea del tiempo), mientras tejía los factores iniciales de una relación diplomática normalizada. A Chu se le podría haber respondido que su imposible valoración de los hechos no había impedido a la República Popular China analizar con dureza y con alternativas estratégicas radicales la evolución de la URSS y del espacio socialista mundial. Y ese análisis, al parecer posible en una idea del tiempo histórico mucho más pragmática y occidental, condujo a la ruptura más importante sufrida por el movimiento comunista desde la revolución de octubre de 1917. Mucho más importante que la escisión trotskista, porque el maoísmo se basó en la fuerza geopolítica de una gran potencia. La China comunista sólo había necesitado unos meses para “valorar” el XX Congreso del PC de la URSS y para lanzarse contra la propuesta de la coexistencia pacífica, creando los famosos PC (marxista-leninista) allí donde hubiera organización prosoviética previa. Considerando, por lo demás, la importancia que tuvieron los jóvenes maoístas en las movilizaciones del 68, parece algo cínica la respuesta de Chu.

Yendo a lo principal de la pregunta, creo que el tiempo del análisis es el nuestro, también, pero no exclusivamente estos cincuenta años que nos sirven para mirar las cosas con una distancia que, en el caso de los mayores, es también personal, autobiográfica. Y cabe esperar que, a la vista de la trayectoria de muchos revolucionarios de entonces, y de los callejones sin salida de la mayor parte de sus propuestas, la mirada sea lúcida y compasiva al mismo tiempo. Es decir, la que corresponde a la voluntad de un aprendizaje generacional. Como me considero un “ragazzo del Novecento”, que entiendo con mayor dificultad lo que está pasando en el siglo XXI, mi perspectiva es paradójica: mi tiempo es el de esos años sesenta, setenta y ochenta, que contenían los ingredientes de mi educación sentimental. Entender lo que ha ocurrido después no creo que sea un problema de distancia cronológica, sino de desplazamiento moral.

Ante todo una primera cuestión: ¿Mayo del 68 fue realmente una revolución o no pasó de motín? Porque una revolución implica un cambio de estructuras no una mera rotura de cristales… ¿Es eso lo que sabían los sindicalistas de Renault y por eso los esperaron en vano los niños de la burguesía?

Creo que a la palabra “revolución” acabará por fallecer por una dolorosa enfermedad, que es la hipertrofia de uso: le estallará el núcleo semántico, dejará de tener significado, aunque su significante “vacío”, como les gusta decir a los de Podemos, irá sobrevolando cada zona de perturbaciones sociales por las que pase la aeronave de este curioso siglo XXI. Habrá que ir con cuidado, porque hay historiadores que dudan que lo sucedido en México en la segunda década del siglo XX fuera una revolución propiamente dicha, por ejemplo. O que las propuestas de partidos radicales de ese mismo tiempo en Europa fueran verdaderamente “revolucionarias”. Hay dos perspectivas a tener en cuenta, en especial desde el “giro lingüístico” y los debates provocados por éste en las ciencias sociales. ¿Debemos aceptar nuestra contemplación, desde un punto cronológico lejano, utilizando un vocabulario que tenía otro sentido en el momento de los hechos? ¿O habremos de partir siempre de los significados enarbolados por los contemporáneos? Hay que buscar un equilibrio entre ambas posiciones. Yo tiendo mucho a ponerme en el lugar y momento de los acontecimientos, a sabiendas de que estoy haciendo algo que no es exactamente trampa ni juego sucio, sino una actitud irremediable: yo sé cómo acabaron las cosas. Es imposible que pueda ponerme totalmente al nivel de la mirada y la conciencia de aquellas personas que vivieron los hechos y que hablaban y decidían del único modo que podían hacerlo: de acuerdo con sus circunstancias, sin saber cuál sería el destino final de las cosas.

Los estudiantes movilizados en el 68 se consideraban revolucionarios. Es más: no eran solo estudiantes. Había un número apreciable de trabajadores jóvenes, como los que protagonizaron la experiencia del pansindicalismo italiano, los que trabajaban en el área de los “Quaderni rossi” y del PSIUP, y como los sectores del sindicalismo cristiano vinculado al Partido Socialista Unificado en Francia. No cometamos el error de “reducir” el 68 a un episodio estudiantil, aunque es conveniente subrayar su carácter de reacción de la juventud. Por tanto, aun cuando lo que sucedió no creo que pueda considerarse una revolución, por la ausencia de un cambio de estructuras sociales y políticas, sí debe aceptarse que quienes promovían aquella movilización lo hacían con objetivos revolucionarios, más o menos precisos, más o menos solventes desde el punto de vista estratégico.

Sin cambios estructurales de carácter político o social, sí hubo modificaciones importantes desde el punto de vista cultural. La más importante, según creo, es certificar un final de época, aun cuando los protagonistas creían ser portadores de un tiempo nuevo. Para mí es mucho más importante el ciclo que se cierra a finales de los sesenta y comienzos de los setenta que el periodo que se abrirá. Fundamentalmente, porque en la conciencia de aquellos jóvenes no existía ni el más mínimo atisbo de lo que serían los elementos vertebrales del capitalismo globalizado. Y en esto hay que ser muy severos con las propuestas que se lanzaron en el 68. Porque, en muchas ocasiones, quienes trataban de plantear una renovación del lenguaje, de las formas de organización, de las referencias ideológicas, de la crítica del poder, lo hacían sometidos a los corsés de una tradición política que estaba mostrando ya su insuficiencia transformadora, la crisis de su hegemonía. Los jóvenes del 68 son vistos como herejes, pero se levantaron en nombre de una ortodoxia vulnerada por lo que ellos consideraban la capitulación de los partidos y los sindicatos obreros. Les acusaban de haber perdido calidad revolucionaria de forma ya irrevocable, que hacía imposible el trabajo desde dentro de las organizaciones para cambiar su estrategia. Para ellos, de hecho, no se trataba de un debate de estrategias, sino de un cambio de sustancia. Los Partidos Comunistas eran parte del sistema, defensores del orden, cautivos de su política reformista en defensa del estado del bienestar que había acabado por ser sociedad de consumo. La canalización de esta crítica se realizó yendo a rescatar al joven Marx, en unos casos, o recuperando a Trotsky, o buscando en el marxismo-leninismo estalinista del maoísmo una forma de regeneración del movimiento comunista. Alain Krivine o Alain Geismar representan dos caras complementarias de esta defensa de una ortodoxia marxista que quiere proponerse como pureza vulnerada por el régimen burocrático o el socialimperialismo soviético. Es cierto que hubo planteamientos neolibertarios, situacionistas, o corrientes autónomas, pero incluso lo más fecundo de esta zona, que fue el movimiento por la autogestión y la crítica a la organización del trabajo industrial (lo que, en términos marxistas, fue centrar el análisis de la explotación en la plusvalía relativa) se quedó muy por debajo de lo que el 68 exhibió con más fuerza: una extraña mezcla de rebeldía y de sumisión a la ortodoxia; de renovación y tradicionalismo; de audacia de lenguaje y de reclusión en las perspectivas clásicas.

Lo que nos puede indicar esta confusión es algo más sugerente que la rápida desautorización moral de los “niñatos” del 68. Y es que existía el acierto de atisbar las limitaciones de las políticas de las grandes organizaciones de clase heredadas de la II y de la III Internacional, pero no hubo capacidad para proponer una ruptura con ellas. Por eso mismo, algunas de las lecciones más aprovechables hubieron de esperar unos años más, cuando la evidencia del capitalismo de la globalización, el dominio de la posmodernidad y la quiebra del bloque socialista llevaron a la necesidad de proponer nuevos espacios y nuevas perspectivas de transformación. Aquellos jóvenes estaban presos en su propia mitificación de la única clase obrera que habían conocido, y de las únicas revoluciones de las que el siglo XX había sido testigo, realizadas en nombre del marxismo y del leninismo. Deseaban que fuera la clase obrera la que tomara el mando de una insurrección contra el orden político, moral y económico salido de la posguerra. Y la amargura de su crítica procedía, en buena parte, de esa necesidad de matar al padre… en nombre del abuelo.

Una segunda cuestión: ¿Quien fue el gran derrotado de Mayo del 68? Un motín, o una revolución, supuestamente de izquierdas, supuestamente antinorteamericana, que invocaba la Izquierda tercermundista concluyó con la pérdida del poder de un gobernante anti-atlantista y la llegada al poder de una serie de gobiernos que desde Pompidou a Macron, ya sean de derecha o izquierda, han estado siempre subordinados a una OTAN, de la que De Gaulle había salido, y a Estados Unidos. ¿Qué piensas al respecto?

La gran derrotada fue la izquierda, claro está. Toda ella. Los movimientos de extrema izquierda, fueran maoístas o trotskistas, quedan como un islote sin apenas visibilidad. En Francia, el trotskismo tuvo mayor empuje que el maoísmo, pero solo hay que observar el apoyo electoral que recibieron sus perpetuos candidatos en las elecciones presidenciales: Krivine, por la LCR primero, o Laguillier, por Lutte Ouvrière durante muchos años. El PSU de Rocard, que pareció aglutinar la crítica de un joven sindicalismo y regenerador de un socialismo de izquierdas, pasó a formar el ala más conservadora del refundado Partido Socialista francés en los años 70-80. El Partido Comunista y la SFIO sufrieron una devastadora derrota electoral en 1968, y en las presidenciales de 1969 se enfrentaron, en segunda vuelta, dos candidatos de la derecha: Pompidou y Poher. Hasta 1981, la izquierda francesa, liderada ya por Mitterrand, no consiguió vencer en unas elecciones presidenciales y legislativas. Y el PCF empezó a experimentar una caída libre que le hizo pasar de ser el primer partido de Francia en 1946 a estar por debajo del 10% a fines de los 80, para desembocar en situaciones grupusculares al terminar el siglo.

Esto, en lo que se refiere a lo más evidente, que es la fuerza organizativa y la capacidad de representación de la izquierda. Pero es que la derrota fue más honda, como señalas, por la crisis de todas las propuestas que nunca supieron encajar bien su crítica a la cotidianeidad del neocapitalismo con una adecuada revisión del concepto de imperialismo. Como te decía antes, no tenían ni recursos de análisis, ni una perspectiva firme para comprender lo que se nos venía encima, precisamente llevando a la crisis de lo que ellos tanto denunciaron: la sociedad de consumo. Su cambio por el régimen posmoderno, postindustrial, post-salarial, de la globalización y la precariedad resulta más aterrador que aquello que denunciaban, y en lo que solo supieron detectar el proceso de alienación. Y ni siquiera lo llevaron a sus últimas consecuencias. Cuando Luc Ferry y Alain Renaut publicaron “La pensé de 1968”, se refirieron precisamente al peso de las tradiciones individualistas y antihumanistas (Nietzsche o Heidegger) en un movimiento que presumía de querer rescatar al hombre y la mujer de su alienación. En este sentido, el prestigio adquirido por un personaje como Althusser y el estructuralismo pueden darnos una idea de lo que se movía en lo menos confesable de aquel movimiento. La reducción del marxismo a un método científico que rehuía “contaminaciones” humanistas o historicistas, de las que se acosaba despiadadamente a los herederos de Gramsci. En España tuvimos algunos coletazos de esa tendencia. Por otro lado, siempre he creído que quienes desean cambiarlo todo y de golpe, acaban creyendo que no puede cambiarse nada gradualmente. Muchos de los jóvenes que se movilizaron entonces lo hicieron al margen de cualquier consideración estratégica, porque creían que el realismo existente de los análisis de las correlaciones de fuerzas formaba parte de la trampa paralizante en que habían caído las organizaciones mayoritarias de la izquierda socialista y comunista. Se sintieron empujados por una corriente de inconformismo que acabó por no entender los límites de la deslegitimación del sistema social surgido de la derrota del fascismo en la Segunda Guerra Mundial. Sus críticas al reformismo de los partidos comunistas pueden resultar todo un sarcasmo cuando observamos en qué condiciones puede trabajarse ahora para recuperar derechos sociales que se consideraron entonces la zanahoria complementaria del palo de la explotación, y no conquistas duramente conseguidas a lo largo de decenios.

Una tercera cuestión: ¿Al margen de la parafernalia comunista, mezclada contra natura con la anarquista, no fue evidente que uno de los resultados de Mayo del 68 fue la destrucción del comunismo ortodoxo en Francia so pretexto de su modernización?

La crisis de los PP.CC. es un asunto no relacionado ni exclusiva ni fundamentalmente con el 68. Recordemos que el PCI alcanzó el mejor resultado de su historia en 1976, con un 34% de los votos que la Democracia Cristiana superó deglutiendo la base electoral de todos los partidos laicos (PSDI, PLI, PRI). Los problemas llegaron cuando se produjo un cambio de escenario que nadie supo prever. Los partidos comunistas se habían organizado para luchar en el marco del capitalismo industrial, no en el paisaje de una globalización financiera que deslocalizaba los centros de producción con gran facilidad y bajo coste, que trasladaba información masiva en segundos de uno a otro lado del planeta. Por otro lado, la inercia de unos años de bienestar produjo una cierta relajación que, en el fondo, pasó a ser perplejidad estratégica. Lo que les pasó a los PP.CC. no fue que se modernizaran, sino que fueran incapaces de “posmodernizarse”: su mundo no era el que irrumpió en tiempos de la crisis del campo socialista y la hegemonía globalizadora, dos cuestiones inseparables que se produjeron en los ochenta. Yo recuerdo cómo los debates durísimos que se dieron en el PSUC a comienzos de los ochenta, nunca atisbaron esta nueva fase, lo que implica que no se tuvo la capacidad de analizar el futuro que sí ostentaron los fundadores de la III Internacional, cuando empezaron a analizar el imperialismo, el desarrollo desigual y combinado, la crisis de la sociedad burguesa, etc. No había capacidad para leer las tendencias que se estaban afirmando. Y, entonces, el debate se desarrolló en un vaivén desolador, que iba de la táctica más estrecha al ideologismo más cerrado por ambas partes. Para decirlo en términos gramscianos: dejó de existir relación orgánica entre la sociedad globalizada y la exhausta supervivencia de los partidos comunistas.

Finalmente, comparar la Francia de De Gaulle, con su política exterior independiente, una sociedad que conservaba aún estructuras familiares tradicionales, un alto índice de ocupación y una moneda reflotada, con la pequeña Francia del pequeño Macron es ofensivo para la memoria de aquel gran hombre, del que tanto nos separa, que fue De Gaulle, pero ¿Es posible otro Mayo del 68?

Nunca es posible reiterar un acontecimiento. NI 1848 fue “otro 1789”, ni la revolución de octubre de 1917 fue “otro 1871”. Aquel mayo del 68 se dio cuando la hegemonía cultural y política de los sectores de la izquierda tenía unas referencias ideológicas y organizativas muy claras. Para entendernos: se dio aquella revuelta cuando los comunistas franceses eran la fuerza mejor organizada del país, cuando el marxismo continuaba siendo un pensamiento prestigioso y dominante en amplios ámbitos intelectuales. Para seguir entendiéndonos, cuando el PCI triplicaba a los socialistas en fuerza electoral, y cuando el mundo era bipolar, sin que nadie pudiera decir que la URSS iba a desaparecer sin ser tildado de enajenado mental. El repertorio de problemas y perspectivas con que se actuaba entonces era muy distinto al que tenemos a nuestra disposición. La devastación cultural del fin de siglo, la anulación de una autoconciencia de clase, el exterminio de unos espacios “morales” de larga duración en la izquierda, se han sumado a un cambio de organización del sistema radical. No creo que lo que representa Podemos o los Comunes tenga mucho que ver con el 68, a pesar de las forzadas analogías que han querido hacerse con el 11-M (en caso de que el 11-M y Podemos hayan mantenido la relación que se pretende). La movilización nacionalista en Cataluña o las que se dan paralelamente en Francia o Italia pueden indicarnos la contundencia de ese cambio de paisaje: ¿de verdad puede creer alguien que el independentismo catalán habría tenido la más mínima audiencia en el marco crítico del 68? ¿Lo habría tenido Salvini? ¿Lo habría ostentado la ambigüedad de Mélenchon o la movilización populista de Le Pen? Otra cosa es que estemos en un proceso de deslegitimación del sistema globalizado que tendrá su propio y diverso, sobre todo diverso, camino. No todos los países están afectados del mismo modo. Francia no ha sufrido los efectos de la austeridad como los ha padecido España. Y, en todo caso, lo que hay en Francia es la pugna entre lo que De Gaulle llamó en sus memorias “una cierta idea” de la nación y lo que Macron trata de proponer como ajuste modernizador, de un modo que es, en realidad, una pugna por dirigir, del mismo modo, el mismo barco europeo, aunque desde una cabina distinta. No veo por ninguna parte ni la capacidad, ni la calidad de liderazgo, ni las condiciones materiales de existencia social sobre las que se pueda levantar una alternativa a la destrucción de lo que hemos entendido por sociedad occidental, al menos en el siglo XX.

Juan Carlos, para Diorama Digital

Ferran Gallego, nacido en Barcelona en 1953, es doctor en Historia Contemporánea de la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB). Licenciado en filosofía y letras por la UAB, su especialidad es la temática sobre la extrema derecha europea y americana. Entre sus libros, destacan: “De Auschwitz a Berlín. Alemania y la extrema derecha”, “Ramiro Ledesma Ramos y el fascismo español”, “Una patria imaginaria. La extrema derecha española, 1973-2005”, “Todos los hombres del Führer. La elite del nacionalsocialismo (1919-1945)”, “Barcelona, mayo de 1937. La crisis del antifascismo”, “El evangelio fascista. La formación de la cultura política del franquismo, 1930-1950”.

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